Vida Silvestre

Gente Bosque

En este tiempo propicio
vuélveme bosque,
regrésame a la savia entre las huellas dactilares de las hojas
que hablan la lengua verdadera,
la metáfora de la Tierra,
esa música de vaivenes…

Condúceme por esas olas al regreso
para pintarme de la piel original,
para perfumarme de madremonte
y brindarle oxígeno y hogar a mis herman@s.
Recuérdame mi raíz
y consiente mis pies desnudos
con el aroma del suelo descomponiéndose.

Píntame de bosque
para que el bosque se propague.
Envuélveme en el vaho del arco iris.
Ilumina mi memoria con el color de una alborada.
Despiértame al amor de lo natural
y así lo natural fluirá
en el cuerpo del mundo llovido de rocío.

Tú conmigo
hagamos un nosotr@s
que sea consuelo de los lugares vírgenes
y esperanza de las selvas taladas.
Camuflémonos con las figuras siniestras de los árboles
y seámosle siniestros a la mentira.
Juntémonos alrededor del fuego
y hagamos silencio
para recordar que toda la vida es una,
que todos los seres somos una canción,
que vivimos para ser
y morimos para seguir viviendo
como las flores del bosque,
todas son niñas encantadas.

Encántame compañera
con el sentido de la vida
para reconocerme en los corpúsculos de polen.
Entíntame de achiote y conviérteme en una liana delgadita.
Invéntame frágil como una brizna de soplo
y yo inspiraré mi sentimiento
para dibujarte silvestre y libre,
para hacernos bosque y plena compañía.
Pintémonos de bosque
para que el bosque perdure siempre
y su misterio nos hechice de amor.

La danza de los micos

Caminata nocturna a la luz de la luna. El agua latente. El camino es el campo.

Aparecí silencioso a visitar un viejo árbol de caucho. Las sombras y la voz de los micos fueron anunciándose en las siluetas de las ramas. Emocionado, los saludé. Emití un silbido que me salió del momento y con respeto les transmití mi sana energía. Pensé en la danza de los micos y la dancé en señal de hermandad y les dije: hermanos.

Me retiré agradecido y fui a columpiarme de alegría. Aún con los pies en la tierra me balanceaba suavemente de adelante hacia atrás cuestionándome sobre la existencia.

Así es nuestro digno vivir.

El retoñar de la memoria

¿Te acuerdas abuelo, cómo era este lugar cuando éramos niños? Nosotros, maravillados en el campo, te seguíamos por el pastizal escondiendo el lazo detrás del cuerpo y ofreciendo la otra mano que simulaba tener panela. A los caballos les encantaba la grama dulce de este rincón del potrero. O veníamos en busca de naranjas, mandarinas y mangos. Aquí recibí mi primera picada de avispa una mañana que vinimos a bajar mangos. La oreja se me puso roja y grande. Ese árbol era una de las pocas fuentes de sombra de la manga, así le decíamos a este rincón.

Bueno, ahora tengo el gusto de contarte que de ese pastizal no queda prácticamente nada. La sombra de la piel de la tierra ha retoñado con ímpetu. Ahora el horizonte ha sido enriquecido con cientos de texturas de palos y matorrales que se erigen vigorosos hacia el cielo. Era un pedazo más de potrero, pero hoy, la manga es uno de los paisajes más interesantes de la finca. Un bosque está latiendo en el devenir.

Los árboles, abuelo, son los seres más maravillosos y han estado contándome la historia de este lugar. Dicen sin palabras que hubo un tiempo en que los hombres trabajaron duro para que la manga no fuera devorada por el monte. Muchos retoños de árboles que nunca pudieron ser árboles fueron cortados, arrancados y fumigados. A esto le llamaban “limpiar” la finca. Ustedes pensaban que una finca bonita y bien cuidada no podía estar enmalezada. Cuestión de gustos, tal vez. Cuestión de lenguaje. Yo luego aprendí que esa enorme diversidad de plantas a las que muchos aún llaman maleza, no son malas y aprendí un nombre apropiado para ellas: arvenses.

Hace años estoy leyendo en el paisaje esta historia de cómo la manga se ha hecho monte. Cuando las malezas dejaron de ser malas y se pusieron un nombre bonito, comenzó a ser bonito dejarlas aparecer en el paisaje del potrero. Pero la verdad es que las arvenses no se esperaron a ser rebautizadas. Ellas no necesitaban un nombre, sólo querían prosperar. Siempre han estado retoñando. Los hombres se esforzaron por controlar su potencia germinadora hasta que el tiempo trajo nuevas circunstancias, nuevos pensares y nuevas raíces en la memoria de nuevas generaciones de hombres encantados por las sombras, los sonidos, los aromas y los animales del bosque. Tú te hiciste más viejo abuelo, yo me hice joven. La manga encontró la paz por la quietud del trabajo y el olvido de los hombres que temían a las malezas. Con el olvido vino la memoria.

Los caballos y el ganado siguieron visitando la manga pero las arvenses y los árboles pioneros como los punta de lanza, los yarumos y las diferentes variedades de tunos y hasta los guamos, encontraron por fin el momento de crecer desenfrenados.

Esas lindas féminas se hicieron notar. Muchísimas flores brotaron de las plantas retoñadas, y el aroma, abuelo, ¡de su néctar! Arbustos, hierbas, enredaderas, se expandieron a lo largo y ancho. Aquí y allá se formaron matorrales tupidos de diversidad. Fueron tal vez los primeros refugios para animales exploradores. Un día escuché en voz callada de las plantas: “protege nuestro suelo de las pisadas de los caballos y los toros” y ya nunca más volvieron a entrar por aquí.

El monte va tejiendo sus marañas impenetrables de bejucos, ramas y espinas, haciendo sombra. A su ritmo, la vida exuberante de la piel de la tierra va narrando su desenvolvimiento. Ya no es lo que era, abuelo. El oso palmero duerme por aquí de vez en cuando, bajo los matorrales. Y las gallinetas cantan en la tarde y las guacharacas y las pavas y ese pájaro nocturno que tanto me fascina, el aguaitacaminos, ya se camufla entre el suelo de hojarasca. Los armadillos y las lapas parecen ser los responsables de los agujeros que se miran en la tierra. Pájaros, flores de mariposas, texturas de plantas, una boa de cola roja… La manga se convirtió en hogar y fuente de alimento para la vida silvestre, incluso para nosotros. Las badeas aparecen aquí sembradas por los pájaros. Cultivamos una huerta al lado de este bosque joven y hoy cosecho plátanos que juegan a las sombras con los árboles que nos inspiran a dejar que el monte se despliegue libre por los potreros. Me siento a recordar lo que era, mientras el colibrí madrugador bebe el agua de rocío que se almacena en las hojas de los plátanos. Al prosperar el monte, la manga se convirtió en una escuela de la memoria natural. Aquí se cultiva la piel nativa de este territorio.

Con el tiempo, el bosque va madurando y se va haciendo más complejo, más biodiverso. Ahora las palmas abuelo, que tanto nos fascinan, aparecen por todas partes, enriqueciendo esta comunidad de seres vivos. Traerán más alimento a los animales y embellecerán las alturas con su sonido de mar, mecidas por el viento. Gracias abuelo por dejarnos esta tierra donde soñamos que siga retoñando la memoria.

TerraViva fundación contribuye a la conservación del bosque nativo y a la protección y el manejo de paisajes de restauración natural en la Finca El Silencio, Resguardo de Vida Silvestre, una iniciativa de sanación del territorio en el piedemonte llanero en el Municipio de Cumaral, Meta.